Literatura

Y con él, volvió el glamour_Alexandra Sumasi

Todo en él es chic, comenzando por el tipo de copa, estilizada y elegante, en el que se suele servir. Es indispensable que el pie de la copa sea lo suficientemente largo como para proteger la bebida del calor de la mano de quien la sujeta y que tenga una amplia boca que le dote de cierto halo de elegancia. El cocktail –que no sé por qué su vocablo inglés le da ciertos aires de delicioso glamour– está viviendo un claro revival con recetas cada vez más sofisticadas. Si bien la coctelería fue un invento norteamericano del siglo XIX, fue durante la Ley Seca cuando vivió uno de sus momentos de máximo esplendor. El alcohol de baja calidad, elaborado en destilerías ilegales, propició que este se mezclara con todo tipo de ingredientes para disimular su mal sabor. No es este el caso de la mixología actual (nombre moderno que se le da al arte de mezclar bebidas), que utiliza como base bebidas espirituosas premium y zumos naturales de exóticas frutas mezclados con ingredientes hasta ahora utilizados solo en cocina. Pero si en algo coincide el rutilante momento que vivió la coctelería entre los años veinte y treinta del pasado siglo con el momento actual es en la difícil situación económica mundial. Parece curioso que el cóctel, con todo el glamour y sofisticación que le acompañan, tome protagonismo en situaciones económicas complicadas. Si durante la pasada década, la gastronomía se centró en los grandes cocineros y en sus exquisitos y complejos platos, parece ser que en la actualidad la cosa culinaria ha puesto sus ojos en cocteleros, bartenders, barmen y demás artistas de la coctelería. En un momento en que parece que la tendencia en el plato es a la sencillez, la mixología produce cada vez más mezclas eclécticas a la par que sofisticadas, sin olvidar los cócteles clásicos. Entre estos últimos destaca el más consumido del mundo, el Dry Martini, popularizado en la década de los sesenta por el espía Bond. En España, el rey del Dry Martini es el catalán Javier de las Muelas, unos de los bartenders más reconocidos internacionalmente, quien en su legendario Dry Martini Cosmopolitan de Barcelona ha instalado un contador para celebrar el Dry Martini un millón que se servirá, previsiblemente, durante este mes de julio. También Javier de las Muelas hace sus incursiones en la coctelería más moderna a través de cócteles sólidos, una nueva forma de tomar un combinado que también utilizan otros cocktailmen. En España son muchos los nombres de cocteleros destacados, aunque de la nueva hornada empiezan a pegar fuerte nombres como el catalán Jordi Otero –reciente ganador de la World Class Competition 2010– y el madrileño Víctor García de Haro, que, presumo, van a dar mucho que hablar…

Alexandra Sumasi es periodista gastronómica

Festivales, qué buen negocio_Iñigo López Palacios

Hace no tanto, seis o siete años, cuando en El País se hacía una guía de festivales, el objetivo era que fuese exhaustiva, incluirlos todos. No era especialmente difícil. Había 20 o 30, 35 como máximo. Incluso podías hacer un mapa. Y quedaban calvas, amplias zonas vacías. Hoy sería inviable. Ni aunque te dediques exclusivamente a ello. Acabo de entrar en una web que asegura: “tenemos toda la información que buscabas sobre festivales y certámenes de todo tipo en España” y ya les he pillado en dos renuncios. La cosa ha adquirido dimensiones de pandemia, los festivales se multiplican como una plaga por todos los rincones de la península. Y, al parecer, por todo el orbe. A principios de mayo un diario británico publicaba el especial: “los 100 mejores festivales del verano en Reino Unido”. Ni cinco ni diez: cien. Con un par. De todas formas, desde que se pusieron de moda y el concepto adquirió tirón comercial, a cualquier cosa se le llama festival. Montas un concierto todos los sábados durante un mes con grupos del barrio y tu primo pinchando: festival. Un teatro, una tarde, y cuatro bandas: también festival.
Quizás no fuera mala idea empezar acotando el concepto y llamar a las cosas por su nombre. Si es un festival es un festival, no un ciclo, un macroconcierto o una rave. En mi opinión, para ser considerado como tal debería desarrollarse en un recinto acotado y al aire libre, tener más de un escenario, durar al menos dos jornadas y contar con un mínimo de bandas (pongamos media docena por día). Son condiciones mínimas. Ni siquiera es obligatorio que tenga zona de acampada. Acabo de volver del Primavera Sound de Barcelona, allí no la hay, y no se me ocurriría negar que es un festival. De hecho, en 2010, va camino de convertirse en ‘el festival’.
Este año no hay muchos rivales de nivel: el cartel del Sónar sería estupendo si estuviéramos en 2001. El FIB, ahora en manos de Vince Power, un empresario británico (y en este caso es tan importante una cosa como la otra), es un lugar magnífico para que un adolescente criado en la Escocia más profunda que sólo ha visto el sol en las películas, se gaste sus ahorros en sangría y ver a Kasabian ¿Y? ¿Qué queda? Está la pachanga de Arganda y decenas de festivalillos de pop español en los que tocan Dorian y Love of Lesbian y que parecen el mismo cartel moviéndose de un sitio a otro. Luego están esas excentricidades que nadie entiende. Festivales Guadiana, que aparecen y desaparecen, con carteles atractivos pero sin cara. Hay quien dice que muchos de esos festivales fantasma son una forma de limpiar dinero negro (¿Hay alguna manera de comprobar que el número de entradas vendidas son las entradas realmente colocadas?). Algo habrá de eso también, aunque no es lo principal. Lo principal es que son un negocio. El tiempo en que unos melómanos románticos palmaban sus ahorros por amor al arte son historia. Posiblemente lo de ahora sea mejor. Posiblemente.

Iñigo López Palacios es Jefe de contenidos musicales de Ep3 (El País)

El mundo por montera_Paloma García Oliva

Desde muy pequeña me fascinaba viajar. Miraba la bola del mundo que tenía mi padre, la hacía girar y soñaba con los sitios que algún día vería con mis propios ojos. Creo que por eso estudié Turismo y, con apenas veinte años, me fui a Londres a trabajar como guía turístico –aunque lo que realmente buscaba era cambiar de aires, de ciudad, de escenario–. Lo importante para mí era perderme por sus calles, sus paisajes, mezclarme con sus gentes… En definitiva, ser una más.
Hace unos días regresé de Londres con Alfonso (Llopart), y juntos hemos recordado la ciudad en la que casualmente habíamos vivido los dos a principios de los 90. Entonces no nos conocíamos, pero hablando, intercambiando recuerdos, resultó que vivíamos a dos calles el uno del otro; camino que ahora hemos vuelto a andar, con unos años más y, curiosamente, con una extraña sensación de pertenencia al lugar, como si nunca nos hubiéramos ido de allí.
Cada viaje se alimenta de sensaciones. Siempre recordaré cómo fue despertarme en medio del Mediterráneo, entre Palma e Ibiza, y sentarme en la proa junto a Tadeusz, el capitán del Boogie, para mirar los delfines nadando junto al barco, a nuestro paso, con las velas totalmente desplegadas y ganando al viento. O mi segundo viaje a Turquía, divisando entre las rejas dora- das del Palacio de Topkapi, la belleza ‘desnuda’ y sugerente de Estambul, con el Bósforo como único testigo.
Guardo tantos recuerdos como viajes me quedan por realizar, siempre con mi cámara en la mochila. Así es como colecciono en fotos mis paseos por el Born de Barcelona, Sant Pol de Mar, Cadaqués o el Museu Dalí en Figueras; la luz que desprende Lisboa o la Pirámide del L’Ouvre; descubrir Lausanne, las montañas de los Alpes; mis gélidas estancias en Praga o Moscú y lo que me impactó el Kremlin; las dunas de arena de Fuerteventura, la Casa-Museo de Rembrandt en Leiden, admirar La ronda de noche en el Rijksmuseum de Ámsterdam; contemplar la estela del ferry cuando me alejaba de las Islas Phi Phi, con la bandera de Tailandia ondeando al frente; y el increíble juego de blancos y azules de Sidi Bou Said en Túnez, tomando un té de menta en una terraza junto al zoco.
Pero si hay dos destinos que han marcado mi periplo viajero en los últimos años, esos son Holanda y Turquía. Impresionantes las ciudades subterráneas de Capadocia, su estructura, pasadizos… Tan alucinantes que no parecen creadas por el hombre. Y por otro lado, las calles de Ámsterdam o la arquitectura de Rotterdam (mi edificio favorito, la Escuela de Marina, más conocida como el “Periscope”) o su vista desde el Euromast. Y si en algún momento no es posible escaparse al paraíso soñado, me conformo con huir a la costa, dormir en la playa, tomar pintxos con mis amigos en Donostia o sentirme como una reina en mi casita de Sallent de Gállego, el lugar que me aporta –y donde tengo– todo lo que realmente necesito.

Belleza, cuánto me estresas…_ Salomé García

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Salomé garcía es periodista especializada en moda y belleza

Ha sido dar carpetazo a este duro, lluvioso y hasta nevado invierno, que me ha brotado cual amapola silvestre una necesidad desaforada de lucir palmito este verano. Y lucirlo pero bien. Así que esta mañana me he descubierto a mí misma saliendo de la farmacia con un frasquito de cápsulas de betacaroteno para asegurarme un bonito bronceado. Tres minutos más tarde, brote de mal rollo. ¿¿¿¡Estoy loca!??? ¿Pretendo torrarme bajo ese sol tan killer, llegar a vieja arrugada como una pasa y jugármela a ganar el campeonato de melanoma sólo por subir tres tonos mi pálido color de piel? Con una congoja rayando en la paranoia, he vuelto a irrumpir en la ‘botica’ para hacer acopio de protectores solares antialergénicos y con factor 50 –una corporal, la facial y una especial para contorno de ojos y labios–, una antiarrugas y rosa mosqueta, que es buena para todo, o eso dicen, y yo, que soy crédula, lo interiorizo como dogma de fe.

Total: una pasta en ungüentos, eso sí, la farmacéutica me ha regalado una tarjeta descuento para mi próxima visita y un balón hinchable. Por si las moscas, esta tarde me he hecho con un buen autobronceador en loción. A fin de cuentas, el fake tan es más saludable. Vale que destiñes un poco el primer día y que se descascarilla si tienes una noche de pasión desaforada y a tu contrario se le ocurre arañarte o mordisquearte mínimamente. Claro, que una que es previsora, también se ha agenciado unos de esos polvos de sol que a Giselle le quedan tan estupendos. Por si hay que tapar desperfectos faciales, que por un desconchón tampoco nos vamos a privar de aquello… Peor es descubrir que para lucir esos shorts tan ideales de la muerte voy a tener que bañarme en una marmita de anticelulíticos y reafirmantes, y ni aún así las tengo todas conmigo. Dice una amiga que la celulitis es como una suegra indeseable: llega a la chita callando, toma posiciones y de ahí no se va ni con una orden de desahucio. Yo encomiendo mi retaguardia a la moderna cosmética y ya le he declarado la guerra. A mi suegra no, a la celulitis.

Entretanto, apuro el presupuesto: una mesoterapia antiflacidez, repasito de la láser en las piernas, pedicura intensiva, peeling y reafirmamiento del pecho, que se empeña en demostrar empíricamente que todo, absolutamente todo, tiende a caer. Ah, y con tal de preservar mis fabulosas mechas californianas del cloro asesino, este verano no pienso zambullirme en la piscina más allá del ombligo. Como paso previo, ya tengo el protector capilar anti UVA, la mascarilla ultrahidratante y otros tantos potingues más pre y post baño solar por recomendación expresa de mi peluquera. Ante la duda, me los he comprado todos. ¡Antes arruinada que con la melena verde! Y era yo feliz hasta que me percaté de que todas esas inestimables ayudas cosméticas tendré que reducirlas a microbotes de 100 ml para embarcar en el avión o arriesgarme a que me pierdan la maleta y llegar al otoño hecha unos zorros. Lo dicho, qué estrés.

Igual que en un escenario_ Juanra López

firma-83A la espera de la explosión de las flores y que se pase la moda de los mendigos con muletas que, como los ratones en Ratatouille, se expanden desde la Cuesta de San Vicente a los barrios aledaños, el mes de marzo pone una vez más de manifiesto que los extremos se tocan: como dicen ciertas revistas cuando hablan de Rania de Jordania, se puede conciliar la tradición y la modernidad y no estar loco. En el ‘random’ de mi i-Pod conviven pacíficamente Sakis Rouvas, con Benjamin Biolay y Vicky Larraz, igual que se puede leer a Marien Keyes (La estrella más brillante, Ed. Plaza & Janés) y Philip Roth (La humillación, Ed. Mondadori) y no salir corriendo a pedir asilo en la López-Ibor como Julieta Serrano en Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Este mes, los nostálgicos pueden hacer un regreso al pasado con Spandau Ballet, el 15 de marzo, en Vistalegre, el mismo día en el que se entregan los premios Fotogramas, que cumplen ya 60 años, y un día antes de que Isabel Pantoja –hasta el 14 de marzo en directo en el teatro Nuevo Alcalá: estará hasta arriba de señoras de facebook– lance su nuevo disco, Como ya no me amas –compuesto por el incombustible Juan Gabriel–, en pleno proceso judicial por blan- queo de dinero y con Madrid empapelado con su imagen –decir que está retocada con photos- hop es un pleonasmo– en una pseudoportada de Hola que anuncia su nuevo trabajo de raíces mexicanas –es un decir–.

Enemiga en su día de la viuda de Paquirri, con quien también compartió lecho, Lolita Flores se presenta en el teatro Häagen-Dazs –anteriormente conocido como teatro Calderón–, con el ya más que rodado y refrendado espectáculo LolitaALola, en el que repasa la carrera de casi toda su familia –sólo se queda fuera del tintero su tía Carmen Flores, estrella de gran calado en Argentina y madre del entre- nador del Atlético de Madrid, Quique Sánchez Flores–. Entre el 13 y el 21 de marzo, la ganado- ra de un Goya por Rencor –por cierto, Nacidas para sufrir, la nueva película de su director, Miguel Albaladejo, es estupenda– grabará uno de sus espectáculos para lanzarlo en formato CD-DVD, con estrellas invitadas que aún no ha querido desvelar. En el mismo escenario, el día 15, los que no se quedan dormidos con el mundo-cantautor tienen una cita con Pablo Milanés, que parece congelado en el tiempo, y el 16 Rosa (de España) presentará ‘live’ su nuevo disco, Propiedad de nadie, compuesto por José Luis Perales, artífice precisamente de Marinero de luces de Isabel Pantoja y Apuesta por el amor de Lola Flores y Lolita. Queda así demos- trado que si tiras del hilo, sale todo el barrio, como diría el mítico Angel Pavlvosky… Es lo que tiene la endogamia.

Entrados ya en la primavera, el 26 de marzo, Leonor Watling y sus chicos de Marlango presentarán en el Teatro Circo Price su nuevo disco, Life In The Tree House, que salió a la venta el pasado día 2. A quienes les guste la música nasal y lángida, con un punto de tristeza, no deben perdérselo. A los que no, siempre les quedará el regreso de The Cramberries el día 12 en Vistalegre, la incombustible Joan Baez, ese mismo día, en el Palacio de Congresos, y el 13, Eros Ramazzotti en el Palacio de los Deportes. Viva l’Italia. De Ana Belén hablaremos otro día…

Juan Ramón López es periodista podeis seguirle en http://citizenjuanra.blogspot.com/

La soledad del franco tirador_ Jorge Oliva

jorge-82El blanco, el silencio, la quietud. Los tres ejes, en palabras de Bresson, sobre los que debe afianzarse la construcción de un film. Quizás se trate de unos parámetros un tanto esquemáticos, puros e incluso básicos, pero concentran las líneas principales de lo que, también a mí entender y siempre según mis gustos cinematográficos, debe ser una película. Aunque entiendo que para la mayoría sea una opción más a la hora de buscar mero entretenimiento y para unos pocos outsiders y kamikazes, el vehículo idóneo para plasmar su particular, intransferible y personal universo. A esta insobornable y ‘deliciosa’ minoría pertenecen cineastas como Michael Haneke y Jacques Audiard que, con La cinta blanca y Un profeta, han arrasado desde su triunfo en Cannes este pasado año por todos los festivales de cine del planeta.
Inquietante y profundamente reveladora, La cinta blanca hipnotiza desde el primer minuto gracias a la magnífica fotografía de Christian Berger, de una belleza formal a la que estamos poco acostumbrados, depurando la expresión con su cámara en busca de lo esencial, como si estuviéramos ante El séptimo sello de Bergman o el Stalker de mi admirado Tarkovski y, detrás, el granmaestro de la luz Sven Nykvist. Estética dreyeriana pues, para una propuesta altamente arriesgada, que ahonda en las raíces de la violencia y el mal del que es capaz el ser humano, generando preguntas e interrogando al espectador como en un continuo juego de espejos.
Reconozco no ser fan de Haneke, en ocasiones le encuentro excesivamente efectista, pero admiro en su cine la osadía y el riesgo por hacer algo nuevo y distinto cada vez. Ahora ha puesto tierra de pormedio respecto a toda su filmografía anterior y ha querido plasmar con su habitual precisión de cirujano, los orígenes del fascismo usando como telón de fondo un pequeño pueblo protestante del norte de Alemania. Pero más allá
del envoltorio y el placer estético que podamos sentir ante su visionado, La cinta blanca transmite y da algo mucho más importante: pulso narrativo, un perfecto dominio del fuera de campo y la cámara subjetiva (algo no siempre fácil), rigor en la historia y los hechos que se cuentan, pero, sobre todo, una advertencia ante los males que acechan actualmente a nuestras sociedades.
La otra gran película que me ha fascinado recientemente, si bien se estrena en España este mes de febrero, es Un profeta, última delicatessen del gran ‘chef’ francés Jacques Audiard, film de exquisita factura con reminiscencias de clásicos de Melville y Clouzot, cuyo peso recae en el joven actor magrebí Tahar Rahim. Un durísimo drama carcelario sobre la redención, la confianza en uno mismo y en definitiva, la habilidad para vivir y sobrevivir en un medio hostil. Todo un auteur que ya dio pistas de su talento e ideario fílmico en la turbadora y original De latir, mi corazón se ha parado, interpretada magistralmente por Romain Duris.
Tanto Haneke como Audiard, indudablemente, son perros viejos en esto del cine. Su concepción de cómo debe ser una película va más lejos del hecho mismo de contar una historia en algo más de hora y media, pues en ocasiones importa más lo que deliberadamente se obvia, se sugiere o se esconde, ya que como decía Platón: “El alma, si desea encontrarse a símisma, deberá buscarse dentro del alma”.

JORGE OLIVA ES REDACTOR Y COLABORADOR EN DIVERSAS PUBLICACIONES

Bienvenidos a bordo- Emilio Aguilera

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A lo largo de mi vida profesional como auxiliar de vuelo, son innumerables las ocasiones en las que he recibido preguntas sobre las rutas que hago, los días que trabajo, el sueldo que cobro… Es grande la curiosidad que despierta la profesión de TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros, que es así como realmente se denomina), tan grande como el desconocimiento que la mayoría de la gente tiene sobre ella. L@s azafat@s, aeromoz@s, hostess, etc. son los encargados de que nuestros viajes a bordo de un avión sean, además de confortables, seguros.
La seguridad es la principal razón de ser del personal de abordo; tanto pilotos como tripulantes auxiliares se someten periódicamente a lo largo de toda su vida profesional a diversos entrenamientos con el propósito de garantizar la seguridad tanto de pasajeros como de los equipos y bienes transportados.
Ser TCP es un modelo de vida en el que no existen dos jornadas iguales aunque, por desgracia, sí igual de largas o más que en otros trabajos tradicionales, llegando a permitir la legislación actual hasta 18 horas y media de actividad. Lejos de la frivolidad y el estereotipo al que está sometida la profesión, los tripulantes tenemos en nuestras manos la ardua tarea de ejercer a bordo la labor de policías, médicos, bomberos, psicólogos, etc., más que la de servir zumos de tomate y ligarnos al comandante o al pasajero de turno con el que aprovechar la habitación doble en el hotel de cinco estrellas. Son innumerables y grandes, muy grandes, las anécdotas y situaciones inverosímiles que se viven a bordo de un avión a 37.000 pies de altura. Aún recuerdo la de aquel buen hombre, pensionista de unos 75 años de edad, que en su primer vuelo con destino la isla de Gran Canaria me preguntaba insistentemente por ‘el muro’. Cuál fue mi asombro al descubrir que lo que aquel buen hombre deseaba contemplar desde su ventanilla era ‘el muro’ de separación entre la Península Ibérica y las Islas Canarias que tantas y tantas veces había visto dibujado en el mapa del parte meteorológico del Telediario. Gracias a esta profesión he descubierto ciudades, culturas, pero, sobre todo, he descubierto personas; personas que día a día dan lo mejor de sí mismos para hacer de nuestros vuelos una experiencia inolvidable, ya sea por lo bien o por lo mal que nos hayan tratado

EMILIO J. AGUILERA ES TRIPULANTE DE CABINA DE SPANAIR E INSTRUCTOR EN LA ESCUELA SUPERIOR AERONAÚTICA DE MADRID

Luces y (sombras) de Navidad- Agustín Gómez Cascales

agustin-80No negaré que le tengo cariño a aquellas luces de Navidad con formas de ángeles y estrellas, las de toda la vida. Pero están demasiado trilladas, excesivamente reutilizadas. No seré yo quien les desee la jubilación –sea o no anticipada–, pero no les viene mal descansar durante un tiempo en el almacén en el que cogen frío, las pobres tan apagadas. En estos momentos parece que se impone un cierto minimalismo, reforzado por el uso de bombillas de bajo consumo, que dan a los conjuntos decorativos un cierto toque de difuminación. Las figuras geométricas y abstractas le sientan bien a las calles de la capital y, como no brillan en exceso, tampoco se antojan agresivas.
A mediados de noviembre, Madrid inicia una extraña transformación. Cuanto más oscuros se vuelven los días, más iluminada se muestra la ciudad. Cuanto menos invita el tiempo a pasar tiempo en el exterior, más ganas le entran a todo el mundo de lanzarse a las calles con un frenesí irrefrenable, provocando las consiguientes aglomeraciones, a las que no hay más remedio que acostumbrarse si uno no se quiere amargar. Está claro que a todos nos gusta un sarao, abandonarnos a cierto shopping frenzy sin remordimiento y tener una excusa para sentir que es fiesta, ya que –en principio– tenemos algo que celebrar, pero ¿realmente disfruta la propia ciudad tan “maqueada”? ¿Invita a los excesos decorativos y festivos? ¿Es capaz de asimilar el trote al que la sometemos en estas semanas? A Madrid le sienta bien el despliegue de iluminación navideña, eso resulta indiscutible. Aunque hay quien ni entiende ni acepta el proceso de “paganización” que han sufrido los diseños que lucen en las calles. ¿Por qué? ¿Acaso no evolucionan las tendencias de la moda? ¿No resulta lógico que ocurra lo mismo con estas creaciones? ¿Implica esta desacralización un exceso de corrección política? Pues resulta apropiada; tiene sentido que los cielos reflejen la atmósfera que se respira a pie de calle. Ya habrá tiempo de un revival tradicionalista, que seguro acogerán con parecido fervor los amantes de lo último y los tradicionalistas conservadores hasta la médula. Será uno de esos raros momentos en que el espíritu navideño cale de verdad. De momento, mientras repaso mentalmente las figuras geométricas que adornan gran parte del centro y las visualizo de manera virtual en una secuencia a lo Corazonada de Coppola, me permito formular(me) un deseo que haría mis Navidades, y las de otros muchos, infinitamente más llevaderas y placenteras. Ojalá ese minimalismo que ha llegado a la iluminación cale hondo y termine por influir en el modo en el que vivimos las fiestas. Menos ruido y más nueces, vamos. No tendría por qué ser necesario tirar de pelucas y matasuegras para mostrar que uno sabe divertirse en esta época, igual que no hay por qué esforzarse innecesariamente en intentar convertir la plaza de Callao en una (mini) réplica del Rockefeller Center. Hay decenas de opciones para disfrutar de las Navidades en Madrid que no implican tirar de pitos y looks estrambóticos, ni jugarse el tipo para ir de compras o simplemente cruzar la Gran Vía. Quizá el tono contenido de las luces tengan su influencia en nuestro estado de ánimo navideño y apacigüen al party monster que –casi– todos llevamos dentro. Una Navidad reposada y a media luz suena de maravilla ahora mismo.

Agustín Gómez Cascales es redactor jefe de la revista Shangay

WHEN YOU HEAR THIS AUTUMN…-Blanca Lacasa

blanca-78Recuerdo una niña pelirroja de mi colegio que solía decir que su estación favorita era el invierno. “Se usa más ropa: leotardos, bufandas, jerseys, guantes…”. Algunas frases, a veces -muchas veces- las más bobas, se quedan grabadas a fuego y resisten el paso del tiempo. Imagino que ella (la niña, no la sentencia) es ahora una fashion victim. Apuntaba maneras…
Lo cierto es que todos los años, ante la llegada del otoño, viene esa cosa que se llama “cambio de armario” y que, en realidad, no es sino un fantástico eufemismo de “no tengo espacio y con los primeros calores o fríos tengo que amontonar y esconder jerseys o tirantes, según convenga, en algún hueco imposible del armario”.
Nunca comprendí a aquella niña de aquel colegio mío. El invierno, en general, no gusta demasiado; pero no le chifla, en ningún caso, a alguien que tenga menos de –digamos- veinte años. La bajada de las temperaturas hace un poquito de gracia al principio, cuando hartos ya de tanto sofoco uno encuentra un placer inaudito –no tanto: es el mismo de todos los años- en envolverse en mantas, lanas y demás tejidos confortables y acogedores. Pero la sensación pasa pronto. En seguida echa uno de menos la piel y su desnudez, los pies descalzos acariciando el parqué, la laca de uñas roja, las piernas al aire y los huesos de los hombros al descubierto. Verlos y que los vean. Tocarlos y que los toquen.
En realidad, como en casi todo lo demás, en esto la naturaleza también es sabia: cuando ya se está harto de andar por ahí como una cebolla –por las capas- o cual croqueta –rebozado–, vienen de pronto los primeros rayos y, con ellos, se apresura uno a lucir epitelio (con los consiguientes últimos resfriados; los primeros fueron los de la tozudez de aferrarse al short a pesar de lo que aconsejaban los termómetros y los segundos quizá por lo contrario).
Así que desenfunden sus bufandas, abrigos y medias. Disfruten de esa sensación de estreno que algunos grandes almacenes nos recuerdan estas fechas por activa y por pasiva que, en cuanto se quieran dan cuenta, estarán echando de menos la lycra de los bañadores, el algodón casi transparente de algunas camisetas y, sobre todo, las sandalias (la sensación estival por excelencia viene dada de verse los dedos de los pies sobre el asfalto). El equinoccio invita a una extraña melancolía. Ya lo decían los pesados de Manic Street Preachers: So when you hear this autumn song/ Remember the best times are yet to come.

MI PRIMER DÍA EN LOOC-Rubén Fernández-Costa es periodista

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El día 2 de octubre de 2003 por la mañana llamé al telefonillo de la calle San Lorenzo 11 y nadie respondía, así que, como era un piso bajo, di con la mano en la ventana y se asomó Paloma, que en esa época llevaba gafas de pasta y me saludó por el hueco por el que luego miré todas las mañanas durante meses. Unos días antes, Paloma y Alfonso me habían citado para una entrevista y yo les había llevado un reportaje sobre Madrid que había publicado en aB, prácticamente todo lo que había escrito. Alfonso me dijo, y no se me olvidará nunca, que se notaba que tenía muchas ganas de tener este trabajo y me preguntó si escribía rápido porque los ‘cierres’ hacen que en una revista mensual seas medianamente feliz dos semanas y medianamente infeliz otras dos. Recuerdo que Paloma me preguntó si escribía también sobre música –eso era antes de que ambos descubriésemos a la vez a Rufus Wainwright– y yo le dije que sí, pero no debí de sonar muy convencido porque puso cara de bueno, ya veremos.
Me acuerdo de que llegaron durante meses cartas y mails a nombre de Bárbara y Eva, que habían hecho este trabajo antes que yo, y de que el tarjetero de Bárbara que heredé me pareció pijísimo. Me acuerdo del primer maquetador de looc, Pedrito, que lo dejó para ser estrella del porno. Me acuerdo de que mucha gente hablaba por aquel entonces de un tal Roberto y de que yo no le conocí hasta muchos meses después de trabajar en looc. Rober, que resultó ser un gran compañero de viaje, usó durante muchos meses su talento natural para organizar las imágenes en una página creando una personalidad visual y fresca para la revista looc. Alejandro Pelayo –que entonces empezaba los ensayos en el grupo Marlango–, Macu Benetti, Jorge Oliva, eran entonces los que escribían música, teatro y cine, y a mí tener colaboradores especializados en un tema recuerdo que me pareció muy total. Durante el primer mes de trabajo me tocó entrevistar al grupo R.E.M. y me acuerdo todavía de los nervios que pasé en la suite presidencial del hotel Hesperia haciendo mi primera round table en inglés. Recuerdo que se estrenaban ese mes Dogville y Buscando a Nemo y que se hacía por primera vez el musical Cabaret.
Dice Punset en Redes que viajar hace que el tiempo parezca alargarse. Pues me acuerdo mucho y casi diría que a menudo de mi primer viaje con el equipo de looc en barco, compartiendo camarote con Borja, nuestro fotógrafo. Me acuerdo mucho de Estambul y de Rotterdam, sobre todo de las primeras veces que estuve en estas ciudades. Pero me acuerdo, lo que más recuerdo de mi primera época en looc es cuánto trabajo resultó que había detrás de elegir los temas, producir cada página de bazar, editorial de moda, entrevista o reportaje, de cuánto esfuerzo puede haber detrás de un texto sencillo, aparentemente sencillo, de cuánto cuesta vender una página de publi y de cuánta energía hay en un único LOOC. Una pequeña muerte, como dicen los franceses, cada vez que se cierra.
Aquel 2 de octubre por la tarde me fui caminando a casa. De camino, un poco rayado porque no me apañaba aún con el Mac, me acuerdo de que pensé: “Voy a hacer todo lo posible para que looc se convierta en algo especial; me han dado una oportunidad y no voy a desperdiciarla”.

Rubén Fernández-Costa es periodista y ha sido Redactor Jefe de Looc durante seis años

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