Literatura

Igual que en un escenario_ Juanra López

firma-83A la espera de la explosión de las flores y que se pase la moda de los mendigos con muletas que, como los ratones en Ratatouille, se expanden desde la Cuesta de San Vicente a los barrios aledaños, el mes de marzo pone una vez más de manifiesto que los extremos se tocan: como dicen ciertas revistas cuando hablan de Rania de Jordania, se puede conciliar la tradición y la modernidad y no estar loco. En el ‘random’ de mi i-Pod conviven pacíficamente Sakis Rouvas, con Benjamin Biolay y Vicky Larraz, igual que se puede leer a Marien Keyes (La estrella más brillante, Ed. Plaza & Janés) y Philip Roth (La humillación, Ed. Mondadori) y no salir corriendo a pedir asilo en la López-Ibor como Julieta Serrano en Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Este mes, los nostálgicos pueden hacer un regreso al pasado con Spandau Ballet, el 15 de marzo, en Vistalegre, el mismo día en el que se entregan los premios Fotogramas, que cumplen ya 60 años, y un día antes de que Isabel Pantoja –hasta el 14 de marzo en directo en el teatro Nuevo Alcalá: estará hasta arriba de señoras de facebook– lance su nuevo disco, Como ya no me amas –compuesto por el incombustible Juan Gabriel–, en pleno proceso judicial por blan- queo de dinero y con Madrid empapelado con su imagen –decir que está retocada con photos- hop es un pleonasmo– en una pseudoportada de Hola que anuncia su nuevo trabajo de raíces mexicanas –es un decir–.

Enemiga en su día de la viuda de Paquirri, con quien también compartió lecho, Lolita Flores se presenta en el teatro Häagen-Dazs –anteriormente conocido como teatro Calderón–, con el ya más que rodado y refrendado espectáculo LolitaALola, en el que repasa la carrera de casi toda su familia –sólo se queda fuera del tintero su tía Carmen Flores, estrella de gran calado en Argentina y madre del entre- nador del Atlético de Madrid, Quique Sánchez Flores–. Entre el 13 y el 21 de marzo, la ganado- ra de un Goya por Rencor –por cierto, Nacidas para sufrir, la nueva película de su director, Miguel Albaladejo, es estupenda– grabará uno de sus espectáculos para lanzarlo en formato CD-DVD, con estrellas invitadas que aún no ha querido desvelar. En el mismo escenario, el día 15, los que no se quedan dormidos con el mundo-cantautor tienen una cita con Pablo Milanés, que parece congelado en el tiempo, y el 16 Rosa (de España) presentará ‘live’ su nuevo disco, Propiedad de nadie, compuesto por José Luis Perales, artífice precisamente de Marinero de luces de Isabel Pantoja y Apuesta por el amor de Lola Flores y Lolita. Queda así demos- trado que si tiras del hilo, sale todo el barrio, como diría el mítico Angel Pavlvosky… Es lo que tiene la endogamia.

Entrados ya en la primavera, el 26 de marzo, Leonor Watling y sus chicos de Marlango presentarán en el Teatro Circo Price su nuevo disco, Life In The Tree House, que salió a la venta el pasado día 2. A quienes les guste la música nasal y lángida, con un punto de tristeza, no deben perdérselo. A los que no, siempre les quedará el regreso de The Cramberries el día 12 en Vistalegre, la incombustible Joan Baez, ese mismo día, en el Palacio de Congresos, y el 13, Eros Ramazzotti en el Palacio de los Deportes. Viva l’Italia. De Ana Belén hablaremos otro día…

Juan Ramón López es periodista podeis seguirle en http://citizenjuanra.blogspot.com/

La soledad del franco tirador_ Jorge Oliva

jorge-82El blanco, el silencio, la quietud. Los tres ejes, en palabras de Bresson, sobre los que debe afianzarse la construcción de un film. Quizás se trate de unos parámetros un tanto esquemáticos, puros e incluso básicos, pero concentran las líneas principales de lo que, también a mí entender y siempre según mis gustos cinematográficos, debe ser una película. Aunque entiendo que para la mayoría sea una opción más a la hora de buscar mero entretenimiento y para unos pocos outsiders y kamikazes, el vehículo idóneo para plasmar su particular, intransferible y personal universo. A esta insobornable y ‘deliciosa’ minoría pertenecen cineastas como Michael Haneke y Jacques Audiard que, con La cinta blanca y Un profeta, han arrasado desde su triunfo en Cannes este pasado año por todos los festivales de cine del planeta.
Inquietante y profundamente reveladora, La cinta blanca hipnotiza desde el primer minuto gracias a la magnífica fotografía de Christian Berger, de una belleza formal a la que estamos poco acostumbrados, depurando la expresión con su cámara en busca de lo esencial, como si estuviéramos ante El séptimo sello de Bergman o el Stalker de mi admirado Tarkovski y, detrás, el granmaestro de la luz Sven Nykvist. Estética dreyeriana pues, para una propuesta altamente arriesgada, que ahonda en las raíces de la violencia y el mal del que es capaz el ser humano, generando preguntas e interrogando al espectador como en un continuo juego de espejos.
Reconozco no ser fan de Haneke, en ocasiones le encuentro excesivamente efectista, pero admiro en su cine la osadía y el riesgo por hacer algo nuevo y distinto cada vez. Ahora ha puesto tierra de pormedio respecto a toda su filmografía anterior y ha querido plasmar con su habitual precisión de cirujano, los orígenes del fascismo usando como telón de fondo un pequeño pueblo protestante del norte de Alemania. Pero más allá
del envoltorio y el placer estético que podamos sentir ante su visionado, La cinta blanca transmite y da algo mucho más importante: pulso narrativo, un perfecto dominio del fuera de campo y la cámara subjetiva (algo no siempre fácil), rigor en la historia y los hechos que se cuentan, pero, sobre todo, una advertencia ante los males que acechan actualmente a nuestras sociedades.
La otra gran película que me ha fascinado recientemente, si bien se estrena en España este mes de febrero, es Un profeta, última delicatessen del gran ‘chef’ francés Jacques Audiard, film de exquisita factura con reminiscencias de clásicos de Melville y Clouzot, cuyo peso recae en el joven actor magrebí Tahar Rahim. Un durísimo drama carcelario sobre la redención, la confianza en uno mismo y en definitiva, la habilidad para vivir y sobrevivir en un medio hostil. Todo un auteur que ya dio pistas de su talento e ideario fílmico en la turbadora y original De latir, mi corazón se ha parado, interpretada magistralmente por Romain Duris.
Tanto Haneke como Audiard, indudablemente, son perros viejos en esto del cine. Su concepción de cómo debe ser una película va más lejos del hecho mismo de contar una historia en algo más de hora y media, pues en ocasiones importa más lo que deliberadamente se obvia, se sugiere o se esconde, ya que como decía Platón: “El alma, si desea encontrarse a símisma, deberá buscarse dentro del alma”.

JORGE OLIVA ES REDACTOR Y COLABORADOR EN DIVERSAS PUBLICACIONES

Bienvenidos a bordo- Emilio Aguilera

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A lo largo de mi vida profesional como auxiliar de vuelo, son innumerables las ocasiones en las que he recibido preguntas sobre las rutas que hago, los días que trabajo, el sueldo que cobro… Es grande la curiosidad que despierta la profesión de TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros, que es así como realmente se denomina), tan grande como el desconocimiento que la mayoría de la gente tiene sobre ella. L@s azafat@s, aeromoz@s, hostess, etc. son los encargados de que nuestros viajes a bordo de un avión sean, además de confortables, seguros.
La seguridad es la principal razón de ser del personal de abordo; tanto pilotos como tripulantes auxiliares se someten periódicamente a lo largo de toda su vida profesional a diversos entrenamientos con el propósito de garantizar la seguridad tanto de pasajeros como de los equipos y bienes transportados.
Ser TCP es un modelo de vida en el que no existen dos jornadas iguales aunque, por desgracia, sí igual de largas o más que en otros trabajos tradicionales, llegando a permitir la legislación actual hasta 18 horas y media de actividad. Lejos de la frivolidad y el estereotipo al que está sometida la profesión, los tripulantes tenemos en nuestras manos la ardua tarea de ejercer a bordo la labor de policías, médicos, bomberos, psicólogos, etc., más que la de servir zumos de tomate y ligarnos al comandante o al pasajero de turno con el que aprovechar la habitación doble en el hotel de cinco estrellas. Son innumerables y grandes, muy grandes, las anécdotas y situaciones inverosímiles que se viven a bordo de un avión a 37.000 pies de altura. Aún recuerdo la de aquel buen hombre, pensionista de unos 75 años de edad, que en su primer vuelo con destino la isla de Gran Canaria me preguntaba insistentemente por ‘el muro’. Cuál fue mi asombro al descubrir que lo que aquel buen hombre deseaba contemplar desde su ventanilla era ‘el muro’ de separación entre la Península Ibérica y las Islas Canarias que tantas y tantas veces había visto dibujado en el mapa del parte meteorológico del Telediario. Gracias a esta profesión he descubierto ciudades, culturas, pero, sobre todo, he descubierto personas; personas que día a día dan lo mejor de sí mismos para hacer de nuestros vuelos una experiencia inolvidable, ya sea por lo bien o por lo mal que nos hayan tratado

EMILIO J. AGUILERA ES TRIPULANTE DE CABINA DE SPANAIR E INSTRUCTOR EN LA ESCUELA SUPERIOR AERONAÚTICA DE MADRID

Luces y (sombras) de Navidad- Agustín Gómez Cascales

agustin-80No negaré que le tengo cariño a aquellas luces de Navidad con formas de ángeles y estrellas, las de toda la vida. Pero están demasiado trilladas, excesivamente reutilizadas. No seré yo quien les desee la jubilación –sea o no anticipada–, pero no les viene mal descansar durante un tiempo en el almacén en el que cogen frío, las pobres tan apagadas. En estos momentos parece que se impone un cierto minimalismo, reforzado por el uso de bombillas de bajo consumo, que dan a los conjuntos decorativos un cierto toque de difuminación. Las figuras geométricas y abstractas le sientan bien a las calles de la capital y, como no brillan en exceso, tampoco se antojan agresivas.
A mediados de noviembre, Madrid inicia una extraña transformación. Cuanto más oscuros se vuelven los días, más iluminada se muestra la ciudad. Cuanto menos invita el tiempo a pasar tiempo en el exterior, más ganas le entran a todo el mundo de lanzarse a las calles con un frenesí irrefrenable, provocando las consiguientes aglomeraciones, a las que no hay más remedio que acostumbrarse si uno no se quiere amargar. Está claro que a todos nos gusta un sarao, abandonarnos a cierto shopping frenzy sin remordimiento y tener una excusa para sentir que es fiesta, ya que –en principio– tenemos algo que celebrar, pero ¿realmente disfruta la propia ciudad tan “maqueada”? ¿Invita a los excesos decorativos y festivos? ¿Es capaz de asimilar el trote al que la sometemos en estas semanas? A Madrid le sienta bien el despliegue de iluminación navideña, eso resulta indiscutible. Aunque hay quien ni entiende ni acepta el proceso de “paganización” que han sufrido los diseños que lucen en las calles. ¿Por qué? ¿Acaso no evolucionan las tendencias de la moda? ¿No resulta lógico que ocurra lo mismo con estas creaciones? ¿Implica esta desacralización un exceso de corrección política? Pues resulta apropiada; tiene sentido que los cielos reflejen la atmósfera que se respira a pie de calle. Ya habrá tiempo de un revival tradicionalista, que seguro acogerán con parecido fervor los amantes de lo último y los tradicionalistas conservadores hasta la médula. Será uno de esos raros momentos en que el espíritu navideño cale de verdad. De momento, mientras repaso mentalmente las figuras geométricas que adornan gran parte del centro y las visualizo de manera virtual en una secuencia a lo Corazonada de Coppola, me permito formular(me) un deseo que haría mis Navidades, y las de otros muchos, infinitamente más llevaderas y placenteras. Ojalá ese minimalismo que ha llegado a la iluminación cale hondo y termine por influir en el modo en el que vivimos las fiestas. Menos ruido y más nueces, vamos. No tendría por qué ser necesario tirar de pelucas y matasuegras para mostrar que uno sabe divertirse en esta época, igual que no hay por qué esforzarse innecesariamente en intentar convertir la plaza de Callao en una (mini) réplica del Rockefeller Center. Hay decenas de opciones para disfrutar de las Navidades en Madrid que no implican tirar de pitos y looks estrambóticos, ni jugarse el tipo para ir de compras o simplemente cruzar la Gran Vía. Quizá el tono contenido de las luces tengan su influencia en nuestro estado de ánimo navideño y apacigüen al party monster que –casi– todos llevamos dentro. Una Navidad reposada y a media luz suena de maravilla ahora mismo.

Agustín Gómez Cascales es redactor jefe de la revista Shangay

WHEN YOU HEAR THIS AUTUMN…-Blanca Lacasa

blanca-78Recuerdo una niña pelirroja de mi colegio que solía decir que su estación favorita era el invierno. “Se usa más ropa: leotardos, bufandas, jerseys, guantes…”. Algunas frases, a veces -muchas veces- las más bobas, se quedan grabadas a fuego y resisten el paso del tiempo. Imagino que ella (la niña, no la sentencia) es ahora una fashion victim. Apuntaba maneras…
Lo cierto es que todos los años, ante la llegada del otoño, viene esa cosa que se llama “cambio de armario” y que, en realidad, no es sino un fantástico eufemismo de “no tengo espacio y con los primeros calores o fríos tengo que amontonar y esconder jerseys o tirantes, según convenga, en algún hueco imposible del armario”.
Nunca comprendí a aquella niña de aquel colegio mío. El invierno, en general, no gusta demasiado; pero no le chifla, en ningún caso, a alguien que tenga menos de –digamos- veinte años. La bajada de las temperaturas hace un poquito de gracia al principio, cuando hartos ya de tanto sofoco uno encuentra un placer inaudito –no tanto: es el mismo de todos los años- en envolverse en mantas, lanas y demás tejidos confortables y acogedores. Pero la sensación pasa pronto. En seguida echa uno de menos la piel y su desnudez, los pies descalzos acariciando el parqué, la laca de uñas roja, las piernas al aire y los huesos de los hombros al descubierto. Verlos y que los vean. Tocarlos y que los toquen.
En realidad, como en casi todo lo demás, en esto la naturaleza también es sabia: cuando ya se está harto de andar por ahí como una cebolla –por las capas- o cual croqueta –rebozado–, vienen de pronto los primeros rayos y, con ellos, se apresura uno a lucir epitelio (con los consiguientes últimos resfriados; los primeros fueron los de la tozudez de aferrarse al short a pesar de lo que aconsejaban los termómetros y los segundos quizá por lo contrario).
Así que desenfunden sus bufandas, abrigos y medias. Disfruten de esa sensación de estreno que algunos grandes almacenes nos recuerdan estas fechas por activa y por pasiva que, en cuanto se quieran dan cuenta, estarán echando de menos la lycra de los bañadores, el algodón casi transparente de algunas camisetas y, sobre todo, las sandalias (la sensación estival por excelencia viene dada de verse los dedos de los pies sobre el asfalto). El equinoccio invita a una extraña melancolía. Ya lo decían los pesados de Manic Street Preachers: So when you hear this autumn song/ Remember the best times are yet to come.

MI PRIMER DÍA EN LOOC-Rubén Fernández-Costa es periodista

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El día 2 de octubre de 2003 por la mañana llamé al telefonillo de la calle San Lorenzo 11 y nadie respondía, así que, como era un piso bajo, di con la mano en la ventana y se asomó Paloma, que en esa época llevaba gafas de pasta y me saludó por el hueco por el que luego miré todas las mañanas durante meses. Unos días antes, Paloma y Alfonso me habían citado para una entrevista y yo les había llevado un reportaje sobre Madrid que había publicado en aB, prácticamente todo lo que había escrito. Alfonso me dijo, y no se me olvidará nunca, que se notaba que tenía muchas ganas de tener este trabajo y me preguntó si escribía rápido porque los ‘cierres’ hacen que en una revista mensual seas medianamente feliz dos semanas y medianamente infeliz otras dos. Recuerdo que Paloma me preguntó si escribía también sobre música –eso era antes de que ambos descubriésemos a la vez a Rufus Wainwright– y yo le dije que sí, pero no debí de sonar muy convencido porque puso cara de bueno, ya veremos.
Me acuerdo de que llegaron durante meses cartas y mails a nombre de Bárbara y Eva, que habían hecho este trabajo antes que yo, y de que el tarjetero de Bárbara que heredé me pareció pijísimo. Me acuerdo del primer maquetador de looc, Pedrito, que lo dejó para ser estrella del porno. Me acuerdo de que mucha gente hablaba por aquel entonces de un tal Roberto y de que yo no le conocí hasta muchos meses después de trabajar en looc. Rober, que resultó ser un gran compañero de viaje, usó durante muchos meses su talento natural para organizar las imágenes en una página creando una personalidad visual y fresca para la revista looc. Alejandro Pelayo –que entonces empezaba los ensayos en el grupo Marlango–, Macu Benetti, Jorge Oliva, eran entonces los que escribían música, teatro y cine, y a mí tener colaboradores especializados en un tema recuerdo que me pareció muy total. Durante el primer mes de trabajo me tocó entrevistar al grupo R.E.M. y me acuerdo todavía de los nervios que pasé en la suite presidencial del hotel Hesperia haciendo mi primera round table en inglés. Recuerdo que se estrenaban ese mes Dogville y Buscando a Nemo y que se hacía por primera vez el musical Cabaret.
Dice Punset en Redes que viajar hace que el tiempo parezca alargarse. Pues me acuerdo mucho y casi diría que a menudo de mi primer viaje con el equipo de looc en barco, compartiendo camarote con Borja, nuestro fotógrafo. Me acuerdo mucho de Estambul y de Rotterdam, sobre todo de las primeras veces que estuve en estas ciudades. Pero me acuerdo, lo que más recuerdo de mi primera época en looc es cuánto trabajo resultó que había detrás de elegir los temas, producir cada página de bazar, editorial de moda, entrevista o reportaje, de cuánto esfuerzo puede haber detrás de un texto sencillo, aparentemente sencillo, de cuánto cuesta vender una página de publi y de cuánta energía hay en un único LOOC. Una pequeña muerte, como dicen los franceses, cada vez que se cierra.
Aquel 2 de octubre por la tarde me fui caminando a casa. De camino, un poco rayado porque no me apañaba aún con el Mac, me acuerdo de que pensé: “Voy a hacer todo lo posible para que looc se convierta en algo especial; me han dado una oportunidad y no voy a desperdiciarla”.

Rubén Fernández-Costa es periodista y ha sido Redactor Jefe de Looc durante seis años

FONTERAS PERMEABLES: ENTRE EL DESIGN Y EL ARTE - Itziar Narro

firma77Itziar Narro es periodista especializada en arte y diseño. Charlotte Perriand entró por primera vez en el estudio de Le Corbusier en 1927. Cuando le ofreció sus servicios como diseñadora e interiorista, el arquitecto le contestó: “Desgraciadamente, en este taller no bordamos cojines”. Casi 90 años después, en 2010, la Feria de arte más importante de España, ARCO, acaba de anunciar a bombo y platillo la colaboración con Miami Design, el gran escaparate del mobiliario de autor. ¿Qué significa esto? Que el diseño entrará, también en Madrid, en los grandes salones del arte con mayúsculas, al igual que ya lo hizo en la última edición de Maastricht. Las mesas y sillas de Perriand estarán expuestas al lado de Mirós y Baldessaris, casi un siglo después de que Le Corbusier despreciara su trabajo. ¿Qué ha pasado en estas nueve décadas?

Prácticamente de todo. Ha pasado Francis Bacon, que antes de ser ‘artista’ fue decorador de interiores en Berlín y París. Ha pasado Sonia Delaunay, que además de pintora revolucionó el diseño textil con sus estampados de colores radicales. Ha pasado y ha llegado la postmodernidad. Las fronteras del arte se han hecho permeables a otras disciplinas, y el diseño se ha colado a través de ellas. Perriand, que finalmente trabajó junto a Le Corbusier en decenas de proyectos, y su inseparable Jean Prouvé, tuvieron mucho que ver con este cambio, pero también arquitectos como Niemeyer, que se empeñaron en diseñar sillas y mobiliario, genios locos como Dalí y sus sillones besadores o directores de cine y cómicos como Jacques Tati, que inundó sus películas de estética y guiños decorativos.

Ahora lo cool no es sólo coleccionar pintura y fotografía, también sillas de Mies van der Rohe, lámparas de Serge Mouille o sillones de los Eames. Las tiendas dedicadas al design ya no sobreviven exclusivamente en París, Londres o Nueva York… Empiezan a extender sus tentáculos por todo el mundo. Son, más que comercios, pequeñas galerías donde los nombres de las piezas más difíciles de conseguir se pronuncian en voz baja y con reverencia. Los coleccionistas del design se multiplican, conforme la palabra belleza se derrite con significados que antes pertenecían a las artes mayores. El ciberespacio decorativo echa humo y los mercadillos son los nuevas cuevas de Ali Babá de los ‘designistas’.

Los diseñadores, además, se han quitado la camisa de fuerza de la funcionalidad para reinventar su profesión. El israelí Arik Lévy defiende que la creatividad no lleve etiquetas, y muchos de sus objetos se exponen en los museos más importantes del planeta, igual que los de Jaime Hayón o Konstantin Grcic, Javier Mariscal, Patricia Urquiola, los hermanos Campana y un largo etcétera.

Ámsterdam recibe septiembre con un mes dedicado al diseño y la decoración ha cambiado. Un buen interiorista debe conocerse al dedillo la ruta de galerías de las principales capitales del mundo, porque sus clientes le pedirán, muy probablemente, que coordine los muebles con los lienzos y fotografías de su colección.

Design y arte se mezclan, se fusionan y se definen el uno al otro conforme la postmodernidad rechaza etiquetas. ¿Te vas a quedar al margen?

UN TORRÓN PARA ESOTERIA MARTÍNEZ-Zoé Valdés

firma-zoe-valdesEl último turrón que se había comido fue allá por los años sesenta, cuando el dictador Franco envió toneladas desde Alicante a Esteban Dido Diente Podrido, en reconocimiento a su firmeza y a su mano de plomo, pues su discípulo (que luego lo dejó en pañales), el recién estrenado pichón de dictador, acababa de fusilar a seiscientos elementos incómodos, entre ellos, al padre de Esoteria Martínez. La pobre, recuerda, que su madre entró en el comedor, el rostro bañado en lágrimas, y pronunció: “Se acabó”. Y todos comprendieron, la tía, los sobrinos, que habían viajado desde Santa Clara para esperar juntos un milagro, más que el nacimiento del niño Jesús, que liberaran a Pancracio, tal como se comentaba en el barrio. Aquella noche, de todos modos, la madre abrió el turrón, lo trozó en pedacitos iguales, lo repartió, quedó un último, el destinado al ausente. Esoteria observó el cacho de turrón con los ojos inyectados en sangre, lo agarró y echó a correr al patio, de un tirón se lo metió en la boca, y masticó durante horas, hasta que la saliva diluyó los residuos de grasa en la lengua. El turrón le supo a fango.
La mujer avanza, la espalda encorvada, por el tubo que conecta el avión de Iberia procedente de La Habana con el aeropuerto Barajas, no lleva equipajes, sólo una bolsa medio ripiada con unas cuantas fotos y cartas. Su padre siempre cantaba aquello de “Madrid tiene seis letras, M de maravilla”… Siente la mano pesada del escolta de la embajada española en su hombro. No debe adelantarse, el embajador encabeza el séquito donde ella va de tercera. Entre él y ella, la esposa, que no cesa de repetirle “sonríe, sonríe, Esoteria, que los fotógrafos te vean feliz”, detrás cabizbajos los demás presos políticos, y triunfantes los guardias castristas. Esoteria sonríe. Después de sacarla de la cárcel a patadas por el vientre y por las tetas la condujeron al hospital militar, la sedaron, la engordaron con ciproestadina, anabólicos, no cesaron de inyectarle en los sobacos extraños medicamentos. Fue informada de su liberación, sin derecho a despedirse de su anciana madre.
El auto presidencial recorre la ciudad de Madrid hacia el palacio de la Moncloa, Esoteria contempla las calles repletas de adornos y luces. En la puerta de la mansión gubernamental los fotógrafos exigen que le consigan un abrigo, o una colcha, o algo, en fin, que impida que Esoteria tirite de frío. La envuelve como a un tamal.
-Señora, Esoteria Martínez, los periodistas quisieran conocer la razón por la que usted estuvo seis años en la cárcel castrista. Sabemos que pertenecía a un grupo disidente, y que en su casa escondió arsenal bélico,…
Esoteria balbucea, los periodistas aguzan las orejas:
-No, permiso, se equivoca, en realidad he pasado toda mi vida intentando averiguar por qué fusilaron a mi padre, por qué no nos entregaron su cadáver… Lo único que escondí en mi casa –carraspeó– lo único, fue un árbol de navidad, pequeño, que pensaba poner cada año en homenaje a su memoria, a él le ilusionaba el arbolito…
En el salón reina un silencio apabullante. El presidente saca una caja rectangular, cubierta con papel de regalo, y se la extiende. Temblorosa desanuda la cinta, aterrada contempla las letras: Turrón de la Viuda. Fija sus pupilas en las verdes del presidente:
-En la cárcel me contaron la razón por la que mi padre fue fusilado. Un chivatazo. Él era aduanero, fue quien descargó los turrones que Franco había enviado, mi padre robó uno, para llevarlo a casa, por miedo a no alcanzar en la bodega… El tipo no sólo lo chivateó sino que inventó que había visto a mi padre con una granada en la mano. No, señor presidente, le agradezco la libertad, pero me da asco cuando lleva el sabor de los turrones.
Es un 24 de diciembre del 2004, Esoteria Martínez en lo único que piensa es en dormir. Cierra los ojos, recostada en el sofá, sueña con su padre, que cantaba también otra canción que decía algo así como: “De Madrid al cielo…”

MADRID,LEGADO DE MI MADRE-Soledad Puértolas

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Siempre tengo que echar mano de lápiz y papel para determinar el año en que mi familia se trasladó a vivir a Madrid. Fue en 1961 y yo tenía catorce años. Era septiembre. Mis padres se habían pasado el verano mirando pisos en Madrid, y finalmente se decidieron por el de la calle de Fernando el Católico, a unos pasos de la glorieta de Quevedo. El barrio de Chamberí es la parte de Madrid que me pertenece un poco. La calle de Fuencarral es la Gran Vía de mi barrio, aunque tenga otras calles también muy anchas, Bravo Murillo y Eloy Gonzalo, que parten de la glorieta de Quevedo, pero Fuencarral, que desemboca en la Gran Vía, participa ya del bullicio del centro. El tramo más mío es el que va de Quevedo a la glorieta de Bilbao.
¿Cuántas veces habré hecho ese recorrido, sola o acompañada, andando de prisa o despacio, feliz o preocupada por algo?

Mis padres habían alquilado el piso, luego lo compraron. Mientras escribo estas líneas, me sorprende, al lado del dolor de la pérdida, que mi madre muriera en Madrid. Creo, de pronto, que este hecho me liga a Madrid para siempre. Hasta hoy, siempre he sentido que Madrid era una ciudad ajena, demasiado grande y caótica, con demasiados coches y semáforos y gente que se mueve  muy de prisa. Pero después de la muerte de mi madre, cada vez que, desde Pozuelo, donde vivo, voy a Madrid, me ha invadido, al irme adentrando en la ciudad, una dolorosa melancolía. Ya no está mi madre en el piso de Fernando el Católico, esperándome como si mi visita fuera el mayor de los regalos.

Hace unos años, me esperaba para salir conmigo a la calle a hacer alguna compra. Me gustaba ir de tiendas con ella. Si en la tienda había una silla, se sentaba. Hablaba con las dependientas, y no sólo hablaba, sino que les preguntaba por sus vidas. Las miraba mucho, con ojos indagadores, sentía por la juventud  verdadera curiosidad. Les preguntaba si tenían novio, si iban a casarse. Siempre les decía algo agradable: que tenían unos ojos muy bonitos, que le gustaba mucho su peinado, en cambio, ella, mi madre, tenía un pelo desastroso, decía, finísimo, imposible de peinar, y se llevaba una mano a la cabeza, como mostrándolo, para que se confirmaran sus palabras… Lo que fuera. Ir con mi madre por las tiendas del barrio ha sido uno de los mejores planes de mi vida. Yo la iba a buscar hacia las once de la mañana y salíamos a la calle, ella apoyándose en mi brazo con mucha suavidad. Sólo ponía la mano, jamás todo el peso de su cuerpo sobre mi brazo.

Si mi madre ha vivido en Madrid algo más que la mitad de su vida, si ha muerto en Madrid, me digo ahora, Madrid es ya mi ciudad. Y la melancolía que aún me invade cuando me adentro en Madrid dará paso, eso espero, a la calma de saber que esta ciudad no me es extraña, que esta ciudad contiene cuarenta y dos años de la vida de mi madre y sé que ella vivió momentos de felicidad callejeando por el barrio. Conocía a los tenderos del mercado, a las dependientas de los grandes almacenes, al farmacéutico… Estaba siempre al tanto de todas las vidas que se cruzaban con ella por la calle. Sé que me ha legado eso: un barrio, una ciudad, y que todo lo que ella ha conocido en ese escenario aún está allí, y ése es el aire que respiro cuando recorro las calles de mi viejo barrio, el aire que mi madre respiró.

MADRID Y LO EXTRAÑO-Eugenia Rico

firma-eugenia-ricoDonde no hay niebla ni catacumbas. Donde hay vaquerías pero no vacas. Donde hay mucho marisco pero no mar. Lo extraño de Madrid es que nada parece tener de extraño, gente que no se conoce se saluda como si fuera lo más natural.
No hay crímenes en oscuros callejones.  Es una ciudad sin callejones y si los hubiera acabarían en un bar.
Jack el Destripador nunca hubiera podido vivir aquí. Hay un río pero no sirve para arrojar cadáveres. Flotarían al poco tiempo como nenúfares pero eso no es lo peor, lo peor es que no pueden caer al fondo porque el fondo está en la superficie.
Una ciudad de paredes tan frágiles que nadie puede tener secretos, de viejecitas que conocen la vida de la vecina de al lado mejor que la suya propia. Una ciudad donde puedes ver tu programa favorito en el televisor de tu vecino, donde los patios de luces son lo único que no tiene luz. Donde todo el mundo es bueno, pero todos te engañan con los alquileres. Donde nadie mataría ni a una mosca y se cometen sin embargo los más terribles atentados contra la vida humana.
Donde todo el mundo quiere irse pero nadie se va.
Una ciudad a la que todos critican pero de la que no soportan que se hable mal. El lugar al que no encuentran nada bueno pero que tampoco cambiarían por nada mejor.
En Madrid lo único que sería extraño es que no sucediera nada extraño. Una conferencia de paz puede organizarse en una semana pero se necesitan años para cerrar una zanja. Lo extraño es lo normal y lo normal es lo extraño.
Y es que al final Madrid es la ciudad más extraña de Europa, almorzamos a la hora en que media Europa cena y mientras la otra media desayuna nosotros todavía no nos hemos ido a dormir. Hay atascos a las dos de la mañana. Pero no hay nada más puro que el aire de la ciudad los domingos por la mañana cuando los coches y los croisanes no se han despertado aún. A esta ciudad le gusta llevar la contraria y a veces lo consigue.
En Madrid los fantasmas, si es que existen, se van de copas hasta la madrugada y dejan que el humo de los cigarrillos los atrape para siempre en un after hours.
Este es uno de los lugares del mundo en el que todavía hay gente para la cual es más normal y más barato cenar fuera que cenar en casa. Los caracoles nunca pasarían hambre en los espejos si fueran madrileños. No sólo tenemos nuestra propia comida rápida sino que se la hemos exportado a los americanos. Y sin embargo cualquier noche podemos encontrar lo inesperado en una acera y casi todas lo encontramos.
El día que Madrid comience a ser normal, el día en que nada de todo esto me parezca extraño, ese es el día que temo porque ese día la extraña seré yo.

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